MARTI E IGNACIO AGRAMONTE
SOBRE EL SOCIALISMO
José Martí expresó críticas profundas sobre el socialismo de Estado, advirtiendo sobre el peligro de la burocracia y la explotación humana en sus escritos.
Críticas al Socialismo de Estado
En su obra "La futura esclavitud", Martí advierte sobre cómo el socialismo puede llevar a la opresión del individuo por parte del Estado. Él señala que:
"El hombre que quiere ahora que el Estado cuide de él para no tener que cuidar él de sí, tendría que trabajar entonces en la medida, por el tiempo y en la labor que pluguiese al Estado asignarle." Esto sugiere que el individuo podría perder su autonomía y convertirse en un "siervo del Estado".
"Los funcionarios, abusadores, soberbios y ambiciosos en esa organización tendrían gran poder." Aquí, Martí critica la concentración de poder en manos de los funcionarios, lo que podría llevar a abusos y corrupción.
Reflexiones sobre la Explotación Humana
Martí también aborda la explotación humana como un problema central, afirmando que:
"El daño de raíz es la explotación humana, siempre presente, con diferentes caras y diferentes apellidos." Esta frase resalta su preocupación por las condiciones de vida de los trabajadores y la necesidad de abordar la explotación en cualquier sistema político.
"La miseria pública será, pues, con semejante socialismo palpable y grande." Esta afirmación refleja su escepticismo sobre la capacidad del socialismo para resolver problemas sociales sin abordar la raíz de la explotación.
Simpatía hacia la Clase Trabajadora
A pesar de sus críticas, Martí mostró simpatía hacia la clase trabajadora y sus luchas, indicando que:
"Un mundo amasado por los trabajadores se nos echa encima." Esta frase ha sido interpretada como un reconocimiento de la importancia del trabajo y la dignidad de los trabajadores en la construcción de una sociedad más justa.
Martí es una figura compleja en el contexto del socialismo, y sus reflexiones siguen siendo relevantes en el debate sobre la justicia social y la organización política. Su crítica al socialismo de Estado y su énfasis en la dignidad humana y la explotación continúan resonando en las discusiones contemporáneas sobre el socialismo y la justicia social.
MARTI
OPINION SOBRE EL SOCIALISMO
José Martí tuvo
una posición matizada, crítica y profundamente humanista respecto
al socialismo. No fue socialista en el sentido marxista‑leninista
posterior, pero sí compartió varias preocupaciones sociales de los
movimientos socialistas de su época. Su pensamiento es más bien un
republicanismo democrático, antiimperialista y profundamente
preocupado por la justicia social.
Aquí tienes una
síntesis clara y fiel a su obra:
🌿 La
opinión de Martí sobre el socialismo
1. Admiración
por los ideales de justicia social
Martí veía con
simpatía los esfuerzos por mejorar la vida de los trabajadores y
reducir la desigualdad. En sus crónicas sobre Estados Unidos y
Europa, elogió:
• La defensa
de los derechos laborales
• La lucha
contra la explotación
• La
aspiración a una sociedad más justa
Para él, la
dignidad humana era el centro de cualquier proyecto político.
2.
Crítica al socialismo autoritario
Martí desconfiaba
de los sistemas que concentraban demasiado poder en el Estado o en un
grupo dirigente. Por eso criticó a ciertos socialistas de su tiempo,
especialmente a los que proponían soluciones rígidas o dogmáticas.
Su frase más citada
en este sentido es:
“El socialismo,
como sistema, es una futura esclavitud.”
Pero esta frase
suele sacarse de contexto. Martí se refería a formas de socialismo
que anulaban la libertad individual, no a la idea de justicia social
en sí.
3.
Defensa de un equilibrio: libertad + justicia
Martí creía que
una sociedad justa debía combinar:
• Libertad
individual
• Derechos
sociales
•
Participación democrática
• Educación
para todos
Su ideal era una
república “con todos y para el bien de todos”, donde la igualdad
no se lograra suprimiendo la libertad, sino ampliándola.
4.
Rechazo al capitalismo salvaje
En sus crónicas
sobre Estados Unidos, Martí denunció:
• La
explotación obrera
• La
desigualdad extrema
• El poder
excesivo de los monopolios
Veía el capitalismo
sin regulación como una amenaza para la dignidad humana.
Entonces, ¿qué era
Martí?
Martí no fue
marxista ni socialista doctrinario. Tampoco fue defensor del
capitalismo liberal sin límites. Su pensamiento se sitúa en un
punto propio:
Un humanista
republicano que buscaba justicia social sin sacrificar la libertad.
DISCURSO
LEIDO POR IGNACIO AGRAMONTE Y LOYNAZ EN LA UNIVERSIDAD DE LA HABANA
1862
Ignacio Agramonte y
Loynaz, en la Universidad de La Habana,
Discurso leído por
Ignacio Agramonte y Loynaz, en la Universidad de La Habana, en la
sabatina de 22 de febrero de 1862 Sr. Rector e Ilustre Claustro.
Señores: La administración que permite el franco desarrollo de la
acción individual a la sombra de una bien entendida concentración
del poder, es la más ocasionada a producir óptimo resultados,
porque realiza una verdadera alianza del orden con la libertad. Vive
el hombre en sociedad, porque es su estado natural, es condición
indispensable para el desarrollo de las facultades físicas,
intelectuales y morales, y no en virtud de un convenio o de un pacto
social como han pretendido Hobbes y Rousseau.
La sociedad no se
comprende sin orden, ni el orden sin un poder que lo prevenga y lo
defienda, al mismo tiempo que destruya todas las causas perturbadoras
de él. Ese poder, que no es otra cosa que el Gobierno de un Estado,
está compuesto de tres poderes públicos, que cuales otras tantas
ruedas de la máquina social, independientes entre sí, para evitar
que por un abuso de autoridad, sobrepujando una de ellas a las demás
y revistiéndose de un poder omnímodo, absorba las públicas
libertades, se mueven armónicamente y compensándose para obtener un
fin determinado, efecto del movimiento triple y uniforme de ellas.
Me ocuparé de uno
de esos poderes: del poder ejecutivo o administrativo; y solo él,
porque tal es el terreno en que me coloca la proposición que
defiendo. En ella se ha tomado la palabra administración en una de
sus diversas acepciones, en la del ejercicio del poder ejecutivo en
toda la extensión de sus atribuciones.
La divina mano del
Omnipotente ha grabado en la conciencia humana la ley del progreso,
el desarrollo indefinido de las facultades físicas, intelectuales y
morales del hombre; y para llegar a ese fin, ciertas condiciones que
constituyen en él deberes de respeto a Dios, porque tiene que
someterse a ellas, pera llegar al cumplimiento de su destino, destino
grandiosos, sagrado, marcado por la Providencia; y derechos con
respecto a la sociedad que debe respetarlos y proporcionar todos los
medios para que llegue a aquel desenvolvimiento. Detener la marcha
del espíritu humano, ha dicho un célebre escrito, privándole de
los derechos que ha recibido en la mano bienhechora de su Creador,
oponerse así a los progresos de las mejoras morales y físicas, al
acrecentamiento del bienestar y felicidad de las generaciones
presentes y futuras, es cometer el más criminal de los atentados, es
violar las santas leyes de la Naturaleza, es propagar indefinidamente
los males, los sufrimientos, las disensiones y las guerras de que los
pueblos no han cesado de ser víctimas.
Estos derechos del
individuo son inalienables e imprescriptibles, puesto que sin ellos
no podrá llegar al cumplimiento de su destino; no puede
renunciarlos, porque como ya hemos dicho, constituyen deberes
respecto a Dios, y jamás se puede renunciar al cumplimiento de esos
deberes. Se ha dicho que el hombre, para vivir en sociedad, ha tenido
que renunciar a una parte de sus derechos; lejos de ser así
contribuye con una parte de sus rentas y aun a veces con su persona
al sostenimiento del Estado, que debe defendérselos, que debe
conservárselos íntegros, que debe facilitar su libre ejercicio.
Bajo ningún pretexto se pueden renunciar esos sagrados derechos, ni
privar de ellos a nadie sin hacerse criminal ante los ojos de la
divina Providencia, sin cometer un atentado contra ella, hollando y
despreciando sus eternas leyes. “La ignorancia, el olvido o el
desprecio de los derechos del hombre son las únicas causas de las
desgracias públicas y de la corrupción de los Gobiernos”, como en
Francia la Asamblea Constituyente de 1791.
La justicia, la
verdad, la razón, solo pueden ser la suprema ley de la sociedad; es
decir: salus populis suprema lex est es tomar el efecto por causa. El
derecho para ser tal y obligatorio, debe tener por fundamento la
justicia.
Tres leyes del
espíritu humano encontramos en la conciencia: la de pensar, la de
hablar y la de obrar. A estas leyes para observarlas, corresponden
otros tantos derechos, como ya he dicho, imprescriptibles e
indispensables para el desarrollo completo del hombre y de la
sociedad.
Al derecho de pensar
libremente corresponde la libertad de examen, de duda, de opinión,
como fases o direcciones de aquél. Por fortuna, éstas, a diferencia
de la libertad de hablar y obrar, no están sometidas a coacción
directa; se podrá obligar a uno a callar, a permanecer inmóvil,
acaso a decir que es justo lo que es altamente injusto, ¿Pero cómo
se le podrá impedir que dude de lo que se le dice? ¿Cómo que
examine las acciones de los demás, lo que se le trata de inculcar
como verdad, todo, en fin, y que sobre ello formule su opinión? Sólo
por medios indirectos, la educación, las preocupaciones, las
costumbres, influyen a veces coartando el franco ejercicio de ese
derecho, que es la más fuerte garantía para la sociedad y el
Gobierno de un Estado que se funda en la verdad y la justicia.
A pesar de que la
razón y la experiencia nos demuestran que no podemos formarnos una
opinión exacta en ninguna materia sin examinarla previa y
detenidamente, no han faltado hombres y aun clases enteras en
la sociedad, que con miras interesadas y ambiciosas, han querido
despojar al hombre de esos derechos revelados por la razón a todos,
pues son universales, y monopolizarlos ellos. En cuanto a nosotros,
siempre diremos con San Pablo: Examinémoslo todo y atengámonos a lo
que es bueno.
Consecuencia de la
libertad de pensar es la de hablar. ¿De qué servirían nuestros
pensamientos, nuestras meditaciones, si no pudiéramos comunicarlos a
nuestros semejantes? ¿Cómo adquirir los conocimientos de los demás?
El desarrollo de la vida intelectual y moral de la sociedad sería
detenido en medio de su marcha. De la enunciación de los diversos
exámenes, de las contrarias opiniones, de las diferentes
observaciones, de la discusión en fin, surge la verdad como la luz
del sol, como del eslabón del pedernal, ígnea chispa.
Pero la verdad, se
ha dicho, no siempre, conviene exponerla; en realidad no conviene;
pero es el poderoso que oprime al débil, al rico que vive del pobre,
al ambiciosos que no atiende a la justicia o injusticia de los medios
de elevarse; lejos de ser perjudicial, es siempre conveniente al
ciudadano y a la sociedad, cuyas felicidades estriban en la
ilustración y no en la ignorancia o el error, y a los gobernantes
cuando lo son en nombre de la justicia y la razón.
La prensa con razón
es considerada como la representación material del progreso. La
libertad de la prensa es un medio de obtener la libertad civil y
política, porque instruyendo a las masas, rasgando el denso velo de
la ignorancia, hace conocer sus derechos a los pueblos y pueden éstos
exigirlos.
No carece de
inconvenientes la prensa completamente libre, pero ni contrapesan sus
ventajas, ni son de tanta importancia como se ha tratado de hacer
creer. “Se puede abusar de la prensa”, dice un autor inglés, por
la publicidad de principios falsos y corrompidos; pero es más fácil,
añade él mismo, remediar este inconveniente combatiéndolo con
buenas razones que empleando las persecuciones, las multas, la
prisión y otros castigos de este género.
También se ha dicho
que puede ser perjudicial por las infamaciones; a esto respondemos
con Ovidio: Conciamens recti famae mendacia ridet; o con el emperador
Teodosio, en una ley que promulgó en 393, en la que dice: “Si
alguno se deja ir hasta difamar nuestro nombre, nuestro gobierno y
nuestra conducta, no queremos que esté sujeto a la pena ordinaria,
marcada por las leyes, ni que nuestros oficiales le hagan sufrir una
pena rigurosa, porque si es por ligereza, es necesario despreciarlo,
si es por ciega locura, es digno de compasión; si es por malicia, es
necesario perdonarle”.
Por otra parte, no
es fácil que se expusiera un escritor a que el calumniador entablase
contra él, ante el tribunal competente, la acción de calumnia, y
sufrir las consecuencias.
La libertad de obrar
consiste en hacer todo lo que le plazca a cada uno en tanto que no
dañe los derechos de los demás. No puede darse, empero, demasiada
latitud a esa restricción; hay casos en que, obrando libremente el
individuo, causa un daño a los demás y a veces a la sociedad
entera; y sin embargo, no puede impedírselo el ejercicio de su
derecho, sin causarles mayores perjuicios atacando la libre acción
individual. Así sucedería cuando un hombre independientemente
invirtiera su capital en empresas ruinosas; en tal caso los
abastecedores de un consumo sufrirían un menoscabo, pues que esa
menos salida tendrían sus frutos; perjudicaría económicamente a la
sociedad porque ese capital se pierde para la circulación y una
cantidad equivalente de industria perece. El único remedio a males
de esta clase, es fomentar la instrucción y estimular los
sentimientos nobles y generosos. Por punto general, nadie conoce
mejor los intereses de uno como él mismo, y cuando la opinión
general está bien dirigida y por la conservación de la
individualidad tiene energía, es un freno bastante poderoso contra
el egoísmo, la avaricia, la prodigalidad, la envidia y demás
carcomas del bienestar individual y social.
El individuo mismo
es el guardián y soberano de sus intereses, de su salud física y
moral; la sociedad no debe mezclarse en la conducta humana, mientras
no dañe a los demás miembros de ella. Funesta son las consecuencias
de la intervención de la sociedad en la vida individual; y más
funesta aun cuando esa intervención es dirigida a uniformarla,
destruyendo así la individualidad, que es uno de los elementos del
bienestar presente y futuro de ella. Debe el hombre escoger los
hábitos que más convengan a su carácter, a sus gustos, a sus
opiniones y no amoldarse completamente a la costumbre arrastrado por
el número. Es muy frecuente ese deseo de imitar ciegamente a
aquellos que se hayan a igual altura que nosotros en la escala
social, cuando no en una mayor. De este modo el hombre libre,
convirtiéndose en máquina va perdiendo esa tendencia a examinarlo
todo, a querer comprender y explicarse cuanto ve, a comparar y
escoger lo bueno, desechando lo malo. Tendencia tan natural como
necesaria en él. Así llega a ser capaz de grandes sentimientos, de
esa voluntad fuerte, invencible, que se ha comparado a un torrente
que arrastra cuanto encuentra a su paso y que caracteriza a los
grandes genios. Una sociedad compuesta de miembros de aquella índole,
en la que por la uniformidad de costumbres, de modo de pensar, no hay
tipos distintos donde poder entresacar las perfecciones parciales,
que reunidos en un solo todo pueda servir de modelo, se paralizará
en su marcha progresiva hasta que otra parte de la humanidad, que
haya ascendido más en la escala del progreso y de la civilización,
sacándola del estado estacionario en que se encuentra, le dé nuevo
impulso para que continúe en la senda de su destino. Dígalo si no
la China, el Oriente todo.
Que la sociedad
garantice su propiedad y seguridad personal, son también derechos
del individuo, creados por el mero hecho de vivir en sociedad. El
olvido o desprecio de ellos, si bien no es más criminal que los
demás, si es más a menudo causa de revoluciones y conflictos en que
a cada paso se ven envueltas las naciones.
Estos derechos, lo
mismo que los anteriormente expuestos, deben respetarse en todos los
hombres porque todos son iguales; todos son de la misma especie, en
todos colocó Dios la razón, iluminando la conciencia y revelando
sus eternas verdades; todos marchan a un mismo fin; y a todos debe la
sociedad proporcionar igualmente los medios de llegar a él.
La Asamblea
Constituyente francesa de 1791 proclamó entre los demás derechos
del hombre el de la resistencia a la opresión…
Demostrado ya que el
gobierno debe respetar los derechos del individuo, permitiendo su
franco desarrollo y expedito ejercicio, creemos haber llenado nuestro
deber con respecto a la primera parte de la proposición. Pasaremos a
la segunda, o sea a demostrar que sólo la administración
centralizada de una manera bien entendida o conveniente deja expedito
el desarrollo individual.
La centralización
llevada hasta cierto grado, es por decirlo así, la anulación
completa del individuo, es la senda del absolutismo, la
descentralización absoluta conduce a la anarquía y al desorden.
Necesario es que nos coloquemos entre estos dos extremos para hallar
esa bien entendida descentralización que permite florecer la
libertad a la par que el orden.
Frecuentemente se
confunde la unidad con la centralización; pero la unidad es: la
uniformidad de intereses, de ideas y sentimientos entre los miembros
del Estado, y la centralización: la acumulación de atribuciones del
poder ejecutivo de un gobierno central. Las más de las veces existen
juntas, sin embargo la Historia nos la muestra separadas en Roma
cuando estaba en su apogeo de grandeza; en ella, al paso que sus
Emperadores habían concentrado en sus manos todo el poder, no
había unidad en el Imperio; y en la moderna Inglaterra, donde hay
unidad de sentir y de pensar al mismo tiempo que descentralización
administrativa.
La centralización
limitada a los asuntos trascendentales y de alta importancia,
aquellos que recaen, o que por sus consecuencias pueden recaer bajo
el dominio de la centralización política, es indudable que es
conveniente, más que conveniente, necesaria; pero es abusiva desde
el momento en que, extralimitándose de la inspección y dirección
que en aquellos negocios le corresponde, interviene en otros que no
tienen esos caracteres.
Por fuerte que sea
un gobierno centralizado, no ofrece seguridad de duración, porque
toda su vida está concentrada en el corazón y un golpe dirigido a
él, lo echa por tierra. Los acontecimientos palpitantes aún y que
han tenido lugar en Francia a fines del siglo pasado, confirman esta
verdad.
La centralización
no limitada convenientemente, disminuye, cuando no destruye la
libertad de industria, y de aquí la disminución de la competencia
entre los productores, de esa causa tan poderosa del
perfeccionamiento de los productos y de su menor precio, que los pone
más al alcance de los consumidores.
La administración,
requiriendo un número casi fabulosos de empleados, arranca una
multitud de brazos a las artes y a la industria; y debilitando la
inteligencia y la actividad, convierte al hombre en órgano de
transmisión o ejecución pasiva.
A pesar del gran
número de empleados que requiere la dicha administración, los
funcionarios no tienen tiempo suficiente para despachar el cúmulo de
negocios que se aglomeran en el Gobierno por su intervención tan
peligrosa como minuciosa en los intereses locales e individuales, y
de aquí demoras harto perjudiciales, y lo que es peor aún, su
despacho, tras dilatado, es encomendado por su número a subalternos,
cuya impericia o falta de conocimientos locales no ofrecen garantía
alguna de acierto.
Mientras los sueldos
de los empleados son demasiado mezquinos para sostenerlos con
dignidad en la posición que sus funciones demandan, obligándolos a
descuidar aquella algún tanto y recargándose con otras ocupaciones,
aquellos por su multitud forman una suma altamente gravosa para el
Estado.
La centralización
hace desaparecer ese individualismo, cuya conservación hemos
sostenido como necesaria a la sociedad. De allí al comunismo no hay
más que un paso; se comienza por declarar impotente al individuo y
se concluye por justificar la intervención de la sociedad en su
acción destruyendo la libertad, sujetando a reglamento sus deseos,
sus pensamientos, su más íntimas afecciones, sus necesidades, sus
acciones todas.
Lejos de tener todos
esos inconvenientes una concentración bien entendida, disminuyendo
el número de sus empleados, se les pagaría de un modo proporcionado
a su trabajo y suficiente a satisfacer dignamente sus necesidades.
Sólo así podrían dedicarse exclusivamente y con entusiasmo al
cumplimiento de sus deberes. Este es el gran secreto para que la
administración esté bien servida, dice Jules Simón, observando la
administración inglesa.
Estableciendo cierta
independencia entre ellos, su dignidad en vez de humillarse estando
sometidos a los caprichos de un superior, crecería hasta llegar a su
correspondiente altura, con una responsabilidad legal y no
arbitraria. Lejos de ser convertidos en máquinas de ejecución o
transmisión, necesitarían desplegar su actividad e inteligencia,
que redundaría en provecho de él mismo y de la sociedad.
El individuo, con
esta organización, podría tener garantizado el libre ejercicio de
sus derechos contra los excesos y errores de los funcionarios, con
acciones legales y entabladas ante los tribunales competentes.
Un código único,
arma regular y recursos financieros reunidos en la mano de un gran
poder central para ser empleados conforme a la ley, sería una
garantía bastante contra el federalismo y para poder dejar a los
habitantes de una localidad repartir sus impuestos, administrar sus
propiedades, construir sus vías de comunicación, gobernar, en una
palabra, sus asuntos locales, que solamente ellos conocen y más
directamente les interesan.
Si me fuera
permitido mayor extensión yo aglomeraría más razones y los hechos
que apoyan una concentración bien entendida del poder, porque es una
organización dictada por los sanos y eternos principios y confirmada
por la experiencia; pero fuerza es concluya esta parte, y lo haré
copiando un trozo de Maurice Lachatre: “Así como loa antiguos
romanos no usaban la dictadura sino cortos intervalos y solamente
cuando la Patria corría grandes peligros, es necesario tener de
ellos una acumulación tan enorme de poder, como la de una máquina
que permite a un solo hombre atar una nación y someterla a su
voluntad. En tiempo de paz, la centralización (limitada como la
hemos hecho nosotros), es el estado natural de un pueblo libre, y
cada parte de su territorio debe gozar de la mayor suma de libertad,
a fin de que siempre, y por todas partes, los ciudadanos puedan
adquirir el desenvolvimiento normal de todas sus facultades”.
Demostrado que sólo
una administración concentrada convenientemente puede dejar expedito
el desarrollo de la acción individual, quédale también que sólo a
la sombra de aquélla puede realizarse esa alianza del orden con la
libertad, que es el objeto que debe proponerse todo gobierno y el
sueño dorado del publicista, porque aquélla es la representación
del orden; de esa armonía de los intereses y acciones de los
individuos entre sí, y de los de éstos con el gobierno en su más
perfecta concurrencia de la libertad, representada por ese franco
desarrollo de la acción individual.
El Estado que llegue
a realizar esa alianza será modelo de las sociedades y dará por
resultado la felicidad suya, y en particular, de cada uno de sus
miembros; la luz de la civilización brillará en él con todo su
esplendor, la ley providencial del progreso lo caracterizará y
perpetua será su marcha hacia el destino que le marcó la benéfica
mano del Altísimo.
Por el contrario, el
Gobierno que con una centralización absoluta destruya ese franco
desarrollo de la acción individual, y detenga la sociedad en su
desenvolvimiento progresivo, no se funda en la justicia y en la
razón, sino tan solo en la fuerza; y el Estado que tal fundamento
tenga podrá en un momento de energía anunciarse al mundo como
estable e imperecedero, pro tarde o temprano, cuando los hombres,
conociendo sus derechos violados, se propongan reivindicarlos, irá
el estruendo del cañón a anunciarle que cesó su letal dominación.
FIN